¿El pobre es pobre por cuestión de actitud?

“El pobre es pobre porque quiere” es una frase que oímos muy frecuentemente, sin embargo valdría la pena cuestionar: ¿realmente una persona desearía vivir en condiciones deplorables sin una vivienda digna, sin servicios básicos ni una buena educación y con hambre?

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) realiza la medición de pobreza a través de los siguientes indicadores: rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a servicios de seguridad social, calidad y espacios de vivienda, servicios básicos, acceso a la alimentación y si el ingreso del individuo es suficiente para adquirir bienes y servicios que satisfagan sus necesidades. Con base a lo anterior, este organismo define como pobreza cuando se carece de al menos uno de estos rubros, y pobreza extrema cuando se carece de tres o más. En México en el año 2016 se registraron 53.4 millones de personas en condición de pobreza, que representa un 43.6% de la población (de esta cifra, Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Veracruz y Puebla concentran 24 millones); y 9.4 millones en pobreza extrema, es decir casi un 8% de los mexicanos.

Sin duda, son cifras preocupantes que nos deben impulsar a analizar y criticar el sistema en el que nos desenvolvemos y que está lejos de favorecer a la sociedad como debería.

Tenemos como ejemplo el caso Mini Numa, una comunidad mixteca compuesta por 321 personas en Guerrero en el municipio de Metlatónoc, el cual es considerado una de las zonas más pobres del país y cuenta con únicamente un hospital con cuarenta camas y carente de atención permanente por parte de médicos especialistas. Mini Numa se encuentra a una hora y media a pie de este lugar y por falta de infraestructura, sus habitantes morían por infecciones intestinales.

Ante esta situación, en el 2003 solicitaron al gobierno local un centro de salud con los recursos necesarios para dar una buena atención a la población, sin embargo la respuesta fue la negación a tal petición, argumentando absurdamente que la comunidad no contaba con espacios para que el personal pudiera prestar tales servicios. Así pues, con sustento en la respuesta misma, la comunidad se dispuso a construir una casa de lámina destinada a ser ese espacio requerido, pero tampoco recibió al personal.

Después de varias solicitudes rechazadas o sin respuesta, en el 2007 las autoridades de la comunidad con el apoyo del Centro de Derechos Humanos De La Montaña Tlachinollan, mandaron la petición al Gobernador y una copia al Presidente de la República. La respuesta fue desalentadora: la comunidad debía contar con entre 2500 y 3000 habitantes por núcleo básico a 15 kilómetros y un tiempo de 30 minutos de recorrido al centro de salud más cercano (según el Modelo Integrador de Atención a la Salud). Mini Numa no cubría con estos requisitos, por lo tanto no podían atender la solicitud. No obstante, siguieron luchando por sus derechos e interpusieron un recurso de inconformidad, pero de igual manera fue desechado, aunque dejando viable el juicio de amparo que al fin les fue concedido.

Como podemos observar, el contexto social en el que vivimos muchas veces supera las leyes y garantías con las que contamos. Afortunadamente Mini Numa, aunque después de mucho tiempo, pudo lograr la defensa de sus derechos, pero ¿qué pasa con las personas que no? ¿Y con las personas que ni siquiera saben que hay recursos jurídicos con los que pueden alcanzar un mejor nivel de vida? ¿Cómo es que puede salir alguien adelante si ni siquiera cuenta con atención médica para curarse de una infección intestinal? ¿Es pobre porque quiere?

El fondo del asunto estriba en que no hay igualdad de oportunidades ni una correcta distribución de los recursos. Es difícil concebir que haya telesecundarias sin luz, (sin mencionar que nuestro sistema educativo a nivel nacional aun contando con buenas instalaciones definitivamente no es el mejor de todos) que no en todo el país existan vías de comunicación y transporte que propicien y garanticen la libertad de tránsito o el acceso a la educación y otros derechos, que sólo unos cuantos concentren la mayor parte de la riqueza, o que una enorme cantidad de dinero no llegue a donde debería llegar porque se va a los bolsillos de gente corrupta que no ve por el bien del país.

Respecto a este último punto, el costo de la corrupción ha fluctuado entre el 9 y 10% del PIB, y según datos oficiales de la Secretaría de Función Pública, por cada desvío como el de los exgobernadores Javier Duarte y Roberto Borge, se recuperan sólo 3 pesos por cada 1000.

Es un tema sumamente complejo que involucra también temas como el apoyo familiar, la situación geográfica, movilidad social y un sinfín de factores. Sin embargo, con lo escrito aquí  se tiene el objetivo de ponernos a reflexionar sobre nuestra postura. ¿Acaso el rico tiene la actitud correcta y el pobre es falto de ésta? Hay varios casos donde la persona de escasos recursos tiene la actitud, la esperanza y el talento, pero no hay oportunidades. Asimismo, se ha comprobado gracias a varios estudios como la Curva del Gran Gatsby que el rico que no estudia ni trabaja tiene más del doble de posibilidad de seguir siendo rico que una persona en condición de pobreza que estudia. ¿Se trata entonces de una cultura del ahorro como muchos apuntan? Hay que preguntarnos entonces cómo es que alguien que con esfuerzos puede alimentar austeramente a su familia va a tener dinero de sobra para ahorrar.

Si bien, hay gente que tiene todo para tener mejores condiciones de vida, no es la mayoría. Además, independientemente del nivel socioeconómico que se tenga, las decisiones políticas y económicas que se tomen nos afectan a todos: si sube o baja el precio de la canasta básica, si el peso se devalúa, si el salario mínimo disminuye, qué impuestos tengamos que pagar o que ideología nos gobierne, por mencionar algunos.

Hay que deshacernos de prejuicios que únicamente logran dañar el tejido social con discriminación y exclusión. Por el contrario, necesitamos ser empáticos, ampliar nuestra perspectiva, sensibilizarnos y tener una profunda consciencia social, pues ha resultado más sencillo responsabilizar a un individuo que al sistema mismo que en definitiva debemos cambiar.

 

 

 

 

Autor: Daniela Montero

Estudiante de Derecho, éste como herramienta para la transformación social.

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