NOSOTROS LOS FIFIS, USTEDES LOS CHAIROS

Por Rubén Reséndiz  (@ruresem)

Sin permiso

Desde una trinchera se oye: pejezombies, irracionales, absurdos, pendejos, venezuelos, gatos, nacos, perrada, prietos, indios, populistas, muertos-de-hambre, jodidos, perros, vándalos, ignorantes, solovinos, pejistas, agachados, rotos, chavistas, y –el de moda– chairos.

Desde la otra: achichincle, alcahuete, blanquito, camaján, canallín, chachalca, cinicazo, corrupto, espurio, fresa, machuchón, mafiosillo, maiceado, malandro, matraquero, minoría rapaz, pirrurris, señoritingo, tecnócratas, neoporfiristas, y –el de moda– fifí.

Con la marcha en contra de la cancelación al aeropuerto de Texcoco como telón de fondo, varias voces han sugerido que emergió una reciente polarización nunca antes vista, una división nada útil para un país que tiene serios problemas por resolver y –aseguran– todo a raíz de la victoria electoral del todavía Presidente electo (aunque simbólicamente sea él quien desde ya está marcando la agenda nacional): Andrés Manuel López Obrador.

Esto –dicen– se revela por la cantidad de epítetos que han proliferado para nombrar al de enfrente. México se ha dividido entre chairos y fifís (las etiquetas del momento), confirmándose una división que no existía antes, advierten con alarma.

La verdad es que esto sólo evidencia poca visión histórica.

Lo arriba descrito sugiere de manera implícita que previo a los recientes comicios electorales del 2018 no existía división alguna en la sociedad mexicana, que históricamente no han existido bandos ganadores ni bandos perdedores de diversas decisiones políticas, que toda decisión de política pública ha sido totalmente imparcial, que el modelo económico adoptado a finales de los 80’s ha permitido que todos –de verdad todos– se beneficien en la misma medida y al mismo ritmo, intenta embestir con cinismo la realidad.

Seamos claros: polarización no es politización. Se olvida con facilidad pero hay que insistir en ello. La diferencia no es vacua; tiene sentido. La polarización en la sociedad mexicana le antecede a usted, a mí, a muchas generaciones previas, a nuestras familias, a nuestro presente y más. Quien defiende esta postura lo hace o por ceguera o por torpeza o con malicia. No nos mintamos: la polarización no es de reciente creación. Tiene raíces sociales, históricas y culturales muy profundas y crueles. Negarlas y reducirlas al presente es simplemente miopía voluntaria. México tiene serios problemas de desigualdad, hay quienes sistemáticamente lo han perdido todo mientras hay quienes desconocen el sabor de la derrota y del olvido. Esa desigualdad acompañada de la opulencia, el falso mérito y la pobreza ha polarizado desde siempre a la sociedad mexicana. Retratos históricos sobre esto abundan. Sólo es cosa de rascar un poco.

La politización, por su parte, sí tiene un nuevo brío. Una nueva realidad empieza a revelarse ante nuestros ojos: lo público es político y lo político se disputa. Ahora se encuentran en conflicto abierto, por medio de la palabra, los diversos bandos que con anterioridad sólo uno conseguía el micrófono. Además, no había necesidad de explicitarlas porque nuestra vida política era vertical y protocolaria. Alguien decidía y el otro padecía. Tan-tan. Ahora, a la luz de que la verticalidad empieza a horizontalizarse, la politización simplemente empieza a evidenciar lo que materialmente siempre nos ha dividido. La imagen, por supuesto, no es linda y vaya que nos ha espantado. Es obvio. No es sencillo atestiguar cuán desiguales e injustos hemos sido, doloroso ver cuán poco similares somos. Inocente asumir que carece de un bagaje histórico que lo acompaña, miope reducirlo a sólo hace unos meses.

Todo lo anterior siempre ha sido manifestado por medio de la palabra. La válvula de escape por excelencia de nuestra polarización y (ahora) politización ha sido la lengua, como bien lo expone Gibrán Ramírez aquí. No se espanten por las palabras utilizadas. Las palabras mutan conforme su época: nacen, robustecen y envejecen. Es cierto que el abuso de etiquetas puede volver infértil el intercambio de ideas pero eso es un mero reflejo de nuestra desigualdad rampante. Sólo empezó a incomodar cuando empezamos a nombrarla. La otra opción es el silencio.

Propongo no azotarnos por el nombre sino ocuparnos por el origen. Más fondo que forma. Ambos importan claro, pero al menos en nuestro caso, la forma está desfigurando el fondo. Ocupémonos de esto. Una idea al aire.

COLOFÓN: Es curioso que a quien acusan de tener un pulso antidemocrático, haya sido el mismo que decretó la Ley de Participación Ciudadana del Distrito Federal mientras fue Jefe de Gobierno en 2004. Qué raro.

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Autor: Ruben R.

Leo y escribo. | Se rebasa por la izquierda | Son Jarocho | Me gustan las palabras con CH | Tuiter: @ruresem

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