Venezuela: Caos

No es ajeno a la opinión  internacional los acontecimientos que hace unos días sacudieron la vida pública de Venezuela.

Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, se proclamó presidente de la nación. Evidentemente este hecho representa la acción de mayor trascendencia por parte de la oposición venezolana. Donald Trump, incluso momentos antes de que se llevara a cabo la toma de protesta del presidente autoproclamado, ya respaldaba la decisión.

Nicolás Maduro inmediatamente llamó al pueblo venezolano a salir a las calles a defender la voluntad popular y luchar contra el imperialismo. Rompió relaciones diplomáticas con  Estados Unidos y estableció un plazo para que los representantes de dicho país abandonen Venezuela.

El mundo también habló, y como en los tiempos de mayor tensión vividos en aquellos lejanos días del siglo pasado, se dividió. Y como quien cobra consciencia de la controversia que irradia siempre del concepto de democracia, salió inmediatamente disparado en dos direcciones. Una consiste en reconocer, defender e incluso celebrar la decisión de Juan Guaidó. La otra en respaldar a Nicolás Maduro,  condenar el hecho y lanzar ataques.

Ahora la atención se enfoca más en esta postura que en la confrontación social interna desatada que dos personas ajenas al entendimiento de lo que son y más aferradas a la idea de ser lo que perciben ser, han llamado en nombre de todos, como si la voluntad de la personas pudiera transformarse en cualquier momento y lugar. Dicha confrontación ha dejado más incertidumbre, división, caos y muerte.

No es la primera vez, ni la última que las personas se matan, en nombre de otros, por ideales, intereses… libertad. Este sentimiento de identidad con la causa es lo que permite soportar la idea de sobrevivir y llenarse de ilusión con el anhelo de futuro mejor.

Naturalmente, la comunidad internacional es ajena al entendimiento individual de los miembros reprimidos por ataques de intereses de personas que no han cambiado de fondo el entendimiento del sufrimiento de su pueblo. Así que tomar partido no tiene sentido, es inútil. Dentro de todo este horror, una simple conclusión: El pueblo venezolano es el único con capacidad de tirar los hilos de su destino sin desplomarse a sí mismos. Son los únicos capaces de decir si todo ha valido la pena, si lo que ahora plantean puede llegar a serlo o si todo es una mera ilusión que se desvanecerá antes de concretarse. Solo ellos pueden acabar con esta triste historia que les ha estado pintando los labios con su propia sangre.

Autor: Emmanuel Robles

Estudiante de Facultad De Derecho UNAM, Fundador de Semanario Revueltas.

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