NADA ESCAPA DE LO MORAL (SEGUNDA PARTE)

Por Rubén Reséndiz (@ruresem)

Sin permiso

Durante la disputa político-electoral del 2016 por la nominación presidencial del partido demócrata en Estados Unidos, le preguntaron a Bernie Sanders cuál era su conflicto con el dinero, por qué tanta ofensiva contra los grandes capitales. La pregunta no era inocente. Bernie era –y sigue siendo– un autodeclarado socialdemócrata, y su militancia en la Liga de la Juventud Socialista (Young People’s Socialist League) durante sus años de estudiante fue divulgado por sus adversarios políticos con la firme intención de sepultar sus aspiraciones políticas. Un simpatizante con el socialismo, se decía, no debe llegar a puestos importantes en un país como el nuestro. (Vaya imagen: un socialista compitiendo políticamente en un país con una vena capitalista como Estados Unidos). Lo que debió ser un lastre para Bernie, en realidad consiguió lo opuesto: lo catapultó a la escena política estadunidense con una fuerza increíble. Al final de la competencia, sólo quedaban dos: Bernie Sanders y Hillary Clinton. Sólo uno ganaría la nominación del partido demócrata y competiría contra Donald Trump por la presidencia de EUA. Ése era el contexto de aquella pregunta que intentaba provocar al entonces senador por Vermont. Cualquier exabrupto sería capitalizado políticamente. La pregunta era un buscapies. Bernie con su característica voz rasposa –palabras más, palabras menos– respondió: Si el dinero sólo sirviera para comprar pizzas y yates, ¡pizzas y yates para todos! Pero el problema es que el dinero no sólo compra pizzas y yates. En realidad, el dinero compra personas, gobiernos, libertad, compra democracias, compra impunidad, compra Leyes, compra Derechos Humanos. Mi problema con la riqueza extrema, así como la pobreza extrema, es que lleva a la inmoralidad.

Moral y política siempre han tenido una relación muy estrecha aunque históricamente la izquierda, por lo general, sea quien la reconozca de manera explícita. El Presidente Andrés Manuel López Obrador, un homólogo de Bernie Sanders para el caso mexicano, propuso la Cartilla Moral de Alfonso Reyes como punta de lanza para “buscar un código del bien”. La indignación no tardó en expresarse. Si en la primera entrega me aboqué a demostrar cómo al Estado le interesa la prédica del bien y que aquella línea divisoria entre lo público y lo privado está en constante disputa, es propósito de esta segunda entrega atender cuestiones sobre moral y Ley, a secas.

Se asegura que lo único que le compete al Estado es la aplicación irrestricta de la Ley y no la moral de las personas. No nos confundamos: una Ley es una reflexión netamente moral. Decidir qué actividad se va a perseguir y cómo castigarla, no sólo es una reflexión colectiva sino además es un producto moral. Castigar la explotación infantil, perseguir los feminicidios, impulsar estancias infantiles, penar el homicidio, gravar fiscalmente ciertos alimentos o bebidas que atenten contra la salud de la población, dedicar espacios exclusivos a las mujeres, invertir en el sistema de salud público, favorecer la mejora en espacios educativos, todos estos proyectan un valor. Todos. De hecho, no hay acción del Estado –y probablemente de personas– que no se cimente sobre un precepto moral.

Quienes temen ser invadidos por mandatos morales desde el Estado, sepan que esto ya sucede, siempre ha sucedido. Se llama Ley. En el preciso momento que decidimos que algo es bueno o malo, una moral ha sido delineada. Ley es moral. Por ende, pugnar por la abstención el Estado en lo moral pero, al mismo tiempo, exigir “el imperio de la Ley” es una contradicción torpe. Dicho sea de paso, la aplicación a rajatabla de esta lógica, al menos en México, ha terminado por encarcelar a los pobres.

¿No es inmoral que varios campos de jornaleros agrícolas en  Saltillo tengan condiciones “esclavizantes”, acorde a la CNDH? ¿No hay acaso algo de inmoral que en algunas ciudades la cifra entre personas sin hogar y techos disponibles sea similar sin que exista un esfuerzo por compaginar ambas situaciones? ¿No hay acaso algo de inmoral en que la industria inmobiliaria sea tan voraz que termine por desplazar a la periferia a quienes no tengan el ingreso suficiente? ¿No hay acaso algo de inmoral que los sobresueldos en la administración pública distorsionen el mercado laboral mexicano? ¿No es inmoral  retener salarios a trabajadores? ¿Alguien duda que el capitalismo tenga su moral?

Varias voces señalan que la cartilla moral “huele ya a naftalina”, que ha envejecido de mala manera y que su vigencia para el contexto actual ha caducado. Las palabras del historiador Javier Garciadiego al respecto me parecen justas: el texto goza de más adjetivos que lectores. En realidad, la cartilla sirve como una provocación para debatir sobre los valores que hemos de enarbolar y cuáles reprobar. Haríamos muy mal en leer el texto de manera literal. Conversar sobre el bien y recuperar un vocabulario moral es el objetivo principal. La moral no es un tema atemporal.

Decía Eduardo Galeano que a los diez mandamientos de Moisés le faltó uno: el amor y respeto a la naturaleza. Un valor olvidado que nos ha costado mucho. ¿Tan aterrador les parece hablar sobre valores y moral? ¿Por qué será?

COLOFÓN. La Cartilla Moral escrita en 1944 –cuenta ya con 75 años– fue una petición de Manuel Ávila Camacho a Jaime Torres Bodet quien descargaría el encargo en Alfonso Reyes. La verdad es que la historia no le es muy favorable. En aquel año, la cartilla moral que acompañaría a la cartilla alfabética dentro de la Campaña Nacional de Alfabetismo no se publicaría. Torres Bodet no daría explicaciones de tal decisión, ni Alfonso Reyes no las solicitaría. Muchos años después, Ernesto Zedillo solicitaría a la SEP una re-edición del texto, sin embargo, nunca se repartiría por un conflicto con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).

 

 

Autor: Ruben R.

Leo y escribo. | Se rebasa por la izquierda | Son Jarocho | Me gustan las palabras con CH | Tuiter: @ruresem

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