LIBROS BARATOS

Por Rubén Reséndiz (@ruresem)

Sin permiso

Le preguntan: ¿No hay acaso un libro que sí valga los $600, $700, $800 pesos? Paco Ignacio Taibo II, el actual encargado del Fondo de Cultura Económica (FCE), responde: La verdadera pegunta es: ¿quién en este país puede desembolsar $700 para un libro? Se produce un silencio.

El estilo de vida y los hábitos de consumo cultural –entre otros– dependen mayoritariamente del ingreso. No es un gran secreto. Nuestra dinámica de vida es marcada irremediablemente por el dinero que tenemos disponible. Cuando los ingresos son altos, la decisión de comprar un bien o un servicio, no se basa en el costo monetario que implica desembolsar la cantidad; no se repara mucho en el precio. Lo quiero y puedo pagarlo. Listo. Esa persona sabe que su economía no terminará vapuleada. La decisión, entonces, no se basa en el dinero sino se traslada hacia otros motivos: tiempo, espacio, voluntad, etc. Por el contrario, las personas con bajos recursos económicos (que son la gran mayoría de este país) hacen un cálculo distinto. Dado que sus recursos son limitados, saben que la compra de algo implica no poder destinarlo a otra cosa. La alegoría de la cobija encaja a la perfección: cubrir un lado significa descobijar el otro. Lo viven diario. Por ende, sus compras tienden a basarse fundamentalmente en el dinero: ¿cuán indispensable es esto? ¿De verdad lo necesito? Lo anterior incluso tiene sus manifestaciones en el ámbito de la salud. Dado que los recursos de los que se disponen determinan los hábitos de consumo, la ingesta alimenticia de una persona varía en función de su ingreso. Los padecimientos médicos de quienes viven en la sierra zacatecana –por poner un ejemplo– no serán las mismas de alguien que vive en la colonia Narvarte o en la Condesa de la Ciudad de México. Sus estilos de vida no son semejantes. Así de determinante es el ingreso.

Taibo lo sabe. Es por esto que su réplica a aquella pregunta –con tono de queja– sobre los precios de los libros hace referencia a un marco más amplio que sólo al hecho de monetarizar un producto como el libro. Lo anterior, sin embargo, no significa que bajar precios cause irremediable la compra desaforada. Por eso es importante hacer el matiz. ¿La gente no lee por el costo de los libros? La gente no lee, entre otras cosas, por el costo de los libros. Admitámoslo: el precio de los libros en general no ha sido el mejor aliado. Si alguien de esa mayoría con bajos recursos debe decidir entre comprar un libro o comprar parte de la canasta básica, es altamente probable que el libro sea devuelto a su anaquel. Es entendible.

Taibo también lo tiene presente y es por eso que durante su intervención en la presentación del Plan Nacional de Lectura en Mocorito, Sinaloa logró levantarle las cejas a más de uno. Cito: Reflexionemos. ¿Por qué no leemos muchos de nosotros? No leemos porque el precio de los libros es muy caro. Pues vamos a abaratarlo. Vamos a hacer libros ba-ra-tí-si-mos. Vamos a regalar libros. Y no sólo eso; vamos a forzar a que el conjunto de la industria editorial baje sus precios: coeditando con ellos, sustituyendo importaciones. En sus palabras se revela lo obvio: el Estado es el gestor y administrador de bienes culturales, y el FCE, la casa editorial más importante de América Latina, debe incentivar su consumo.

Demostrado está que el mercado no resultó ser un jardín paradisiaco donde se premia el mérito. La defensa de esta postura a ultranza peca de ingenuidad ante un mercado editorial (como muchos otros) terriblemente concentrado que cae en la trampa de la venta rápida, a costa de todo, y cuya consecuencia irremediable es la bestsellerización editorial. Por ende, si el FCE decide acompañar al mundo editorial coeditando y sustituyendo importaciones  –retomando las palabras de Taibo–, además de atender la distribución con la meta de abrir 130 nuevas librerías en este país (aproximadamente cuatro por entidad), el Estado ocupa el legítimo derecho de tomar el papel que le corresponde en la vida cultural pública de este país.

No se malinterprete. Nadie aboga por un mercado editorial exclusivo del Estado. El mercado tiene la libertad de colocar a la venta los libros que mejor les funcione, sin duda. Pero una casa editorial pública encargada de la edición y comercialización del libro, con la envergadura del FCE, sí debe arropar textos valiosos beneficiándoles con un criterio editorial distinto al de la retribución económica inmediata, permitiéndoles escapar de la sentencia vendes o mueres.

El libro, como cada producto manufacturado, debe encontrar su precio correcto. Si bien la economía clásica dicta que esto se logra en el equilibrio entre el precio de venta y la disposición de compra, monetarizarlo sólo así es inmerecido. Sin afán de totemizarlo, el libro no es una mercancía similar a un par de calcetines; conlleva una función pedagógica, cultural, recreativa. Por ende, su precio de venta no sólo debe incorporar el costo de producción y distribución para asegurar una ganancia, sino también contemplar el objetivo al que se aspira. Si apuntamos a una sociedad lectora, debemos partir de la realidad de esa sociedad y la nuestra es una muy lacerada en sus bolsillos. Cierto es que la lectura no es una decisión exclusivamente monetaria pero sí tiene su propio peso.

Esto irrevocablemente desembocará en la discusión sobre la política editorial concreta: de las distintas colecciones, ¿cuáles deben permanecer y cuáles no? ¿Cuáles tienen un efecto para sacudir la literatura mexicana? ¿La ciencia, la política, la economía, la filosofía? ¿Poesía, tal vez? Con todo lo relativo que encierra un criterio editorial y las vicisitudes que genere, el FCE parece que ejercerá las prerrogativas que le atañen. Y sucede que el precio de los libros es una de ellas.

DE BOTEPRONTO. México no es un país lector. Tres datos básicos acorde a la última actualización del Módulo de Lectura (MOLEC) realizado por el INEGI: i) para el 2018, de cada 100 personas sólo 45 declararon leer al menos un libro al año; ii) a mayor nivel educativo más tiempo dedicado a la lectura; y iii) en promedio se leen 3.8 libros por persona al año. Esta situación no varía mucho año con año. Por cierto, ¿de cuándo a acá les molestan los libros baratos?

 

Autor: Ruben R.

Leo y escribo. | Se rebasa por la izquierda | Son Jarocho | Me gustan las palabras con CH | Tuiter: @ruresem

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