VIVIR LO PÚBLICO

Por Rubén Resendiz (@ruresem)

Sin Permiso

No es lo mismo ver que entrar, repite un amigo con cierta regularidad. El refrán poco popular en realidad goza de buena puntería. Saber que algo existe no es lo mismo que experimentarlo. Viajar en coche y ver la banqueta no es lo mismo que caminarla. Ayudar a una persona ciega en su camino es distinto a ser quien vive con esa discapacidad. Ver rodar a un ciclista sobre el flujo vehicular es muy diferente a ser quien pedalea. Atestiguar el servicio del metro en horas-pico no es lo mismo a experimentar ser devorado por la masa que lucha por entrar al vagón cuando se abren las puertas. Conocer el monto del salario mínimo es distinto a depender de ese ingreso. Y así.

La fotografía de Claudia Sheinbaum, la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, viajando en el Sistema de Transporte Público Metro el pasado viernes se viralizó rápido en internet. Fue tal la relevancia que incluso los noticieros de la televisión abierta mexicana la retomaron y la volvieron noticia. ¿Será o no será?, era la pregunta que acompañaba la imagen. El escepticismo en las reacciones revela mucho. Sí se parece pero no puede ser ella porque ¿quién viajaría en el metro si puede evitárselo?  Aunque la semejanza física entre la persona fotografiada y la jefa de gobierno deja poco espacio a la duda, ésta permanecía porque –parecían concluir– no hay razón para que, de manera voluntaria, ella (¡!) se obligara a vivir lo público, en este caso, el metro.

La verdad es que la presencia de la incredulidad no es fortuita. En un país donde los políticos (esa masa amorfa) viven en una realidad alterna a la gran mayoría de la población, el titubeo es congruente. Como mero ejercicio, yo mismo compartí la imagen entre mis contactos. La mitad afirmó que era ella y la otra que lo puso en duda, lo hizo prácticamente por las mismas razones que en las redes sociales. Resultaba imposible asumir que alguien de su posición, se sometiera a vivir el metro así sin más. Incredulidad total.

Todas las personas hacen uso de lo público en algún momento de su día (la banqueta es el ejemplo más inmediato) pero muy pocas logran acceder a lo privado. Sucede que esta posibilidad de separar materialmente a través del ingreso, seduce con facilidad y quienes se convencen de sus virtudes, generalmente, simpatizan con la arenga son pobres porque quieren. Esta división ha nutrido la fantasía de que lo privado es moralmente superior pues sólo quienes no se esfuerzan les queda recurrir a lo público.

En esta fantasía, quienes detentan el poder tienen su cuota de responsabilidad. En México –¿será muy temerario afirmar que en toda Latinoamérica?– no se ha reivindicado con suficiente fuerza la modalidad pública de los servicios. Su desdén camina de la mano con la idea del mérito. Si te esmeras lo suficiente, podrías llevar a tu hijo a una escuela privada Si trabajas arduo, podrías comprarte tu carrito… La idea detrás de esta lógica es clara: por huevón y jodido, te toca sufrir lo público. La meritocracia, entonces, se ve materializada en los servicios, y el nulo conocimiento de la cotidianidad pública por parte de los gobernantes no ha contribuido en nada para contrarrestarlo. ¿Cuántos gobernadores conocemos en México que usen el transporte público de su estado con regularidad? ¿Quiénes asisten, al menos, por una revisión de rutina a la clínica pública que les corresponde? ¿Cuántos podríamos decir que llevan a sus hijos a la escuela pública? La respuesta seguro es cercana a cero.

Quienes detentan el poder rara vez viven lo público. Con facilidad se les ve rodeados de todo un séquito dispuesto a hacer hasta lo imposible para evitar que sus experiencias no se alejen de lo que –se piensa– son dignos merecedores: salen de su casa particular para entrar a un carro particular que les lleva hasta su oficina particular. Huyen con esmero de lo público porque, aseguran, los asuntos que demandan su atención no pueden esperar. Sin duda, quien ejerce el poder debe modificar su rutina para ejercerlo con seguridad pero ¿cuánta distancia es lo pertinente?

La exigencia de una sociedad hacia sus gobernantes para vivir lo público y luego legislar al respecto podría ser equivalente a la insistencia de la mamá para que su hijo pruebe las espinacas y después decida si le gustan o no. La experiencia sí dota de un elemento imposible de conseguir de otro modo. Sólo quien lo vive con asiduidad puede atestiguar cuán grato o insufrible puede ser.

Poseer un gran capital económico brinda la capacidad material de huir decididamente de lo público. Pero quizá quien detente el poder político no debería tener tan abierta esta posibilidad pues al hacerlo se renuncia a la posibilidad de dignificarlo a través de la experiencia personal. La exigencia vivencial hacia quienes, de momento, cuentan con el poder para transformar no sería sólo una demanda moral sino también (¿quizá?) una fórmula para evitar que la válvula de escape privada sea en detrimento de lo público. Pequeñas dosis podrían ser suficiente. Después de todo, lo público no demanda el lujo, solamente lo mínimo digno.

LETRAS CHIQUITAS. i) En junio del 2018, Jacinda Ardern, Primera Ministra de Nueva Zelanda, dio a luz a su hija en un hospital público de la ciudad de Auckland || ii) Me permito copiar textual una cita del documental Where to invade next?, autoría del polémico Michael Moore: “Es ilegal en Finlandia abrir una escuela y cobrar colegiatura. Está prohibida la educación privada. Esto significa que las familias más acaudaladas deben asegurarse de que las escuelas públicas sean de gran calidad.”  De momento se encuentra disponible en Netflix.

 

Autor: Ruben R.

Leo y escribo. | Se rebasa por la izquierda | Son Jarocho | Me gustan las palabras con CH | Tuiter: @ruresem

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