NEYMARISMO INTELECTUAL

Por Rubén Reséndiz (@ruresem)

Sin Permiso

Dentro de las críticas recurrentes hacia el fútbol se encuentra la falta de honestidad. Faltas simuladas, el ventajismo y la constante búsqueda para engañar son monedas comunes en este deporte. Siempre que convenga, se recurre a cualquier artimaña para quemar tiempo. En la disputa del balón entre dos jugadores, cualquier roce es vendido como una embestida cuasi mortal. La práctica deshonesta se popularizó tanto que la amonestación (tarjeta amarilla) que sólo se usaba para contacto rudo o indebido, empezó a aplicarse también a quienes con regularidad intentaban engañar. Esto alcanzó su máxima expresión en el pasado Mundial de Fútbol Rusia 2018 con el jugador brasileño Neymar. Durante los partidos, el delantero de la verdeamarela se lanzaba al suelo a la menor provocación y no dudaba en estallar en gritos de dolor por el mínimo roce para permitir que los minutos transcurrieran. Tanto tiempo pasó en el piso pegando tremendos alaridos que la práctica deshonesta llamó la atención mediática y empezó a denominársele neymarismo.

Dentro del campo político mexicano aquella práctica de la falsa víctima en el fútbol, se  está popularizando ahora entre las élites. Toda interacción con el nuevo gobierno que no les satisface, es traducida en un alarido de dolor. Con la arraigada costumbre de gozar de una ruta mucho más directa que el gran grueso de la población, se niegan a aceptar que las reglas hayan cambiado para ellos. El manotazo en el tablero político que significó el triunfo de Andrés Manuel López Obrador provocó la caída de varias de sus piezas.

Quizá no se dieron cuenta (lo dudo) pero las élites intelectuales generalmente han significado gotas de legitimidad para los gobiernos pasados. Eran parte de su maquillaje con el que desfilaron para proyectar una imagen progresista (lo que sea que eso signifique). En esta relación hubo trueque: los gobiernos recibieron legitimidad mientras las élites se convirtieron en integrantes honorarios en todos los eventos protocolarios posibles. Uno carecía de lo que el otro ansiaba y ambos aceptaron de manera implícita (no públicamente) este cambalache. Felices todos. Sería demasiada inocencia afirmar que los intercambiantes ignoraban por completo este canje. Quizá hasta lo estimulaban.

Lo que empieza a suceder entre la élite y el nuevo gobierno, al menos en estos primeros meses, está color de hormiga. Aquel grupo exclusivo que gozaba de atención expedita, ahora se le nota incómodo, se siente relegado y no han dudado en lanzarse al piso y rodar para hacer notar su inconformidad. Lo anterior alcanzó su máxima expresión con la reacción ante la información revelada referente al esfuerzo de campaña negra contra el tres veces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, encabezada por Enrique Krauze y financiada por Coppel (ver aquí para más detalle). Pocas cosas tan victimizantes como una élite dividida y confundida. El tufo de lealtad aristocrática (¿conciencia de clase quizá?) dentro de este grupo selecto se presume inviolable. Destierro a quien siquiera lo intente y neymarismo para el espectáculo público. Saben que es difícil no simpatizar con una víctima.

No nos mintamos: el tema que se desnuda ante nuestros ojos no es el poder de la “crítica independiente” contra el poder del Estado, sino las hilachas que enlazaron con fuerza a ciertas élites intelectuales con los gobiernos pasados. Su tórrido romance sostenido por al menos los dos sexenios pasados es lo revelador. El concepto del intelectual orgánico encaja a la perfección para la coyuntura. Se trata de una voz que le hace juego al poder, que busca imprimirle un sentido público a la acción del gobierno en turno. En donde la disidencia forma parte de la danza; saben en qué momento entrar, cuándo hablar, qué decir. La improvisación que no se improvisa.

Sin embargo, es de reconocer que es legítimo concordar con cierto ejercicio de poder. Seguro existen quienes comulgan con todo lo hecho en, al menos, los últimos 18 años. Su defensa no es teatral. No tienen duda de que lo realizado en estos años es lo mejor que pudo haberle sucedido al país, así a secas. Se lamentan, si acaso, porque les faltó tiempo para idear más. Insisto, es válido simpatizar. Pero a la luz de las reacciones es posible deducir que quienes fungieron como Sancho Panza de los gobiernos anteriores, son quienes ahora estallan en alaridos de dolor. A sabiendas de su exageración, venden con maña la idea de que la libertad de expresión agoniza. Nada más alejado de la realidad. Se auto-denominan perseguidos porque se niegan a perder su cuota de poder. Se resisten a la autocrítica.

Por su parte, AMLO le habla continuamente al pueblo. La categoría ya está en disputa política y en el proceso, de repente, todos se descubren siendo pueblo. Luchan para hacer del concepto lo más amplio posible para ser incluidos en los límites de su definición. Saben que el concepto es de quien lo trabaja. “Yo también soy pueblo” aseguran los doctorantes de la Ivy League, la gueritocracia, columnistas de periódicos de circulación nacional, cabilderos empresariales, el mirreynato, opinólogos en televisión nacional abierta. Ahora resulta que nadie tuvo privilegios, que nadie ondeó la bandera meritocrática para justificar su posición, que todos son pueblo. Se esmeran por demostrarlo pero fallan estrepitosamente. El último reducto que les queda es el papel de víctimas: el neymarismo. Se tiran al piso, giran varias veces, levantan la mano y piden la sanción máxima. Concederles, sin embargo, el mote no sólo es una tortura al lenguaje sino una ofensa para quienes sí cargan con el peso de la desgracia.

DOBLE REMOLQUE. Cito el tuit de Adrián Chávez por su pertinencia: Antes de dormir, el intelectual liberal, se quita las pantuflas, apaga la luz de la lamparita de noche y pone los lentes sobre el ejemplar del libro de un economista inglés. Qué duro es ser perseguido por el poder, se repite.

 

Autor: Ruben R.

Leo y escribo. | Se rebasa por la izquierda | Son Jarocho | Me gustan las palabras con CH | Tuiter: @ruresem

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