NUESTRO COLONIALISMO: EL ESPEJO ENTERRADO

Por Rubén Reséndiz (@ruresem)

Sin permiso

Cada cierto tiempo surgen temas cuyo origen o reacciones nos desnudan y forzan la mirada hacia nosotros mismos. Su comportamiento es similar al de una marea: por momentos retrocede pero únicamente para recobrar brío y volcarse de nuevo hacia adelante reclamando su territorio, recordándonos su presencia. Esto sucede con la Conquista. Nunca desaparece.

En el 2021, se cumplirán cinco centurias de aquel suceso. En ese marco histórico, la solicitud de disculpa hecha por el Presidente Andrés Manuel López Obrador dirigida hacia la Corona Española en relación con las violaciones y abusos ocurridos durante aquel suceso puso, de nuevo, el dedo en la llaga: nuestras relaciones sociales mediadas por la raza, por nuestro color de piel, por nuestro pasado. La idea sacudió. Poco importaron los vastos ejemplos históricos enlistados que involucran disculpas diversas por múltiples motivos en distintas latitudes a nivel mundial (aquí un listado rápido), quedando claro que no sería un caso aislado, ni único, ni denigrante. Por el contrario, las disculpas ennoblecen e, incluso, dotan de legitimidad. Aún así, hubo quienes se indignaron y concluyeron sin más que un gesto de tal magnitud podrá tener cabida en todos lados y en todos los contextos menos para el caso mexicano. Las disculpas son correctas y necesarias excepto cuando ésta apunta hacia nuestra dirección. Nos indicaron que la Conquista es un tema finiquitado, sellado y olvidado. Incluso en nuestro beneficio, motivo de orgullo pues: Nos trajeron la civilización. Ellos los modernos, nosotros los atrasados; ellos los salvadores y nosotros los salvajes. Así su visión. De aquí que el simple hecho de colocar el tema sobre la mesa para discutirlo provocara una indignación virulenta y explotaran con sorna señalando con desdén a quienes osaron siquiera en sugerirlo. Estallaron con tanta vehemencia y se rasgaron vestiduras con tal ímpetu tratando de convencer que el tema ya ha sido saldado, que justo lo que revelan es lo opuesto: el tema aún palpita. Y es así porque sus secuelas aún se viven. Para reconocer agravios y excesos del pasado es preciso bajar de aquel soberbio pedestal colonialista. La categoría varón-blanco-occidental deberá reconocer los efectos del colonialismo que le preceden, lo privilegian y nutren su falsa meritocracia.

Nuestras diferencias son tajantes y se ven en la piel, en la cara, en el cuerpo. Escribe Martín Caparrós: “(México es) una sociedad donde los blancos, los colonos, todavía son, en general, los ricos, y los indios y los negros, colonizados y esclavizados, los más pobres. No es teoría.” Hoy en día, nuestra separación basada en nuestro color de piel, nuestra fisonomía, nuestra lengua tiene su cuna en la lógica racista que impuso la Conquista. La gueritocracia que galopa orgullosa en México es la continuación de aquel sistema de castas implementado por la colonia española en estas tierras. No es una cicatriz, es una herida abierta y además un recordatorio fatalista. De ahí que la búsqueda –quizá– inconsciente pero sí constante sea por blanquearnos. “A mejorar la raza” se nos aconseja, entre bromas. Lo que se traduce no sólo en la búsqueda activa por tener descendencia menos oscura sino también por la adopción de hábitos y costumbres propios de lo que se considera élite, que fundan su diferencia entre lo peninsular y lo indígena, el güero y el prieto. Aquellas revistas socialité (¡Hola! o Quién como ejemplos claros) sirven para la causa y encajan a la perfección porque basan su prestigio en el suspiro aspiracional del mestizo: ser criollo.

El quinto centenario de la Conquista se antoja entonces para proyectar luz y cuestionarnos sobre nuestras relaciones sociales y raciales. Refugiarse en artilugios legaloides sobre la continuidad histórica de tal o cual imperio son trampas tontas que evaden la discusión de lo sustantivo. Ni forma ni fondo. Fallan en ver que no se habla de un protocolario rígido sino de un ejercicio cercano a la memoria viva. Porque la historia, al menos la Conquista, no se relata sino se vive, se siente, se respira y continuamente hemos de relatarla a la luz de nuevos enfoques. Por ende, este capítulo encarnizado no se cierra del mismo modo que un folder. No es posible escribir la historia última y definitiva de cualquier tema debido a que la historia se escribe desde el presente y dado que el presente está en constante transformación, la historia también lo estará, asegura Eric Hobsbawm. La razón lo asiste. El pasado no existe. No es pasado, es presente.

Los 300 años que duró la colonia española en estas tierras, nos bastaron para aprender e interiorizar las peores prácticas de esa élite que nos dijo –y nos convenció– que ellos eran los modelos a seguir: los blancos. Nuestra nación es primordialmente de colores pero hemos aprendido que existe uno en particular que merece nuestra desconfianza y escepticismo. Tan sólo hace unos días, la reacción virulenta contra una estudiante del Colegio de Bachilleres en Veracruz (COBAEV) por atreverse a publicar en sus redes sociales la emoción de haber recibido por primera vez la beca escolar Benito Juárez, permitió atestiguar nuestro racismo rampante. Si el pobre, además de ser pobre no es blanco, el ninguneo se justifica. Porque para nuestro pesar, en la escala cromática de México, la pobreza sí tiene un color.

Tenemos una cita ineludible con el 2021, la fecha llegará, estemos preparados o no y, en Latinoamérica, habremos de tener esta discusión al respecto. AMLO ya levantó la mano para ser el interlocutor y, a la par de la respuesta que España pueda emitir en el aniversario o en los años venideros, el tema se presenta también como una oportunidad para abrir la puerta hacia el interior. Haciendo alusión a Carlos Fuentes, exhumar el espejo enterrado y contemplar el reflejo que ahí se presente, nuestro reflejo, nosotros mismos.

COLOFÓN. Resulta imperativo echarse un clavado a El color de México, esfuerzo realizado por el Colegio de México (COLMEX).

 

Autor: Ruben R.

Leo y escribo. | Se rebasa por la izquierda | Son Jarocho | Me gustan las palabras con CH | Tuiter: @ruresem

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