#METOO: LO PRIVADO ES POLÍTICO

Por Rubén Reséndiz (@ruresem)

Sin Permiso

Le preguntan a una ama de casa quién toma las decisiones de la familia, y ella responde:

-Por supuesto mi esposo toma las decisiones importantes y yo tomo las decisiones carentes de importancia.

-Cite algunos ejemplos de lo que es importantes y de lo que no es.

-Bien, yo decido el sitio de nuestras próximas vacaciones, si los niños irán a una escuela pública o privada, si compraremos un automóvil nuevo o casa nueva, etc.

-¿Y cuáles son las decisiones importantes que toma su esposo?

-Bien, él decide lo que deberá hacerse acerca de la segregación sureña, cómo deberá manejarse el conflicto en Medio Oriente, si reconoceremos a la China Roja, etc. 

El “chistorete” (así entre comillas) de arriba, que data de los años cincuenta y es rescatado por Albert O. Hirschman, es inentendible para nuestros días; sucede que lo cómico debe hacerse acompañar de las gafas del contexto. La distancia generalmente otorga una revisión más imparcial y menos acalorada. Sin embargo, aquel remedo de comedia sí permite distinguir ciertas fronteras que, desde entonces, ya se pensaban perfectamente delimitadas: existen dos esferas que deben permanecer separadas; en una se desempeña el hombre, en otra la mujer; una es importante, la otra no tanto; una es pública y la otra privada. La lógica binaria presente en todo su esplendor.

Contemporáneo al chiste aquel, acontecía un ejercicio de la mayor importancia: varias mujeres se congregaban para verbalizar lo que vivían con regularidad dentro de sus hogares, en compañía de sus maridos y al lado de sus hijas e hijos. Las historias que  compartían; sin embargo, no eran de regocijo y felicidad, por el contrario, estaban llenas de calamidades y pesares. Su vida privada era un infierno. Ante la imposibilidad de modificar sus circunstancias privadas, recurrían a este acto de sororidad pues les permitía, al menos, desahogarse. No tardaron en descubrir que lo que padecía una mujer, lo padecían todas, no eran casos aislados sino sistemáticos. Lo privado se volvería político. El hogar se volvió, entonces, un espacio de disputa. Al igual que en las fábricas, se rechazaba la “intromisión” del Estado o quien fuera en la dinámica familiar porque, se aseguraba, era un asunto de índole privado. Una vez consumado un matrimonio, la Ley que importaba y se aplicaba era la del marido. De la puerta para adentro, ¡mando yo! Pasaron años –demasiados– para entender que la violencia contra las mujeres, el maltrato familiar, los castigos hacia integrantes de la familia, la explotación infantil, los feminicidios, entre otros, eran temas de tal magnitud que escapaban de la lógica exclusivamente privada. La esfera familiar nunca más fue un asunto estrictamente privado. Se entendió porque se gritó.

Llegó el siglo XXI acompañado del movimiento #MeToo que en su capítulo mexicano, vigorizó la batalla. El puro nombre revela la magnitud de la desgracia: A mí también. No se trata de casos aislados, ni espontáneos, ni esporádicos. No le sucede apenas a un puñado de mujeres, decenas, quizá centenas. No, se les acosa, estigmatiza y ningunea a casi todas las mujeres –quizá a todas–, desde muy temprana edad. Con frecuencia es un varón cercano al círculo familiar quien lo inicia y, desde ese momento, ellas lo padecen en la escuela, en la calle, en el transporte, en fiestas, en el trabajo, en el parque, en las mañanas, en las tardes, en las noches, mientras comen, mientras estudian, mientras se divierten, mientras se ejercitan. Nunca termina.

El #MeToo nos recuerda que lo privado es político pues no sólo se trata de disputas por ganarse, conflictos que requieren dirimirse sino son privilegios que no sólo se ejercen en lo público, también se manifiestan en lo privado. Se trata de una dinámica continua y sistemática que nos han taladrado en la cabeza a todas y a todos por igual. Es una estructura que nos moldea desde tempranas edades, de la que se aprende continuamente a lo largo de la vida y de la que nosotros los hombres, sacamos provecho en reiteradas ocasiones. A las niñas se les enseña desde temprana edad que tienen la obligación de agradar al ojo masculino, deben cautivar con su apariencia, arreglarse es parte de su rol,  “no se vayan a quedar”, su vida gira en torno a eso. Por su parte, los niños pueden ser desaliñados, estar despeinados, tener el espíritu libre, ser temerarios; ellos al final del camino, escogerán a quien deseen, su deber sólo es hacia sí mismos. Aquellas niñas y niños al crecer reproducirán lo aprendido. Estructuras estructurantes.

Lo privado es político porque pone bajo escrutinio todas las prácticas que siempre se han considerado prerrogativa exclusiva de las mujeres. Si antes se normalizaban con el silencio obediente, ahora se problematizan y se arrojan bajo la luz social. De este modo, se energiza la batalla por las estancias infantiles, la monetarización de trabajos feminizados, la lactancia en espacios públicos, la adecuación de espacios (baños, por ejemplo) para los trabajos de cuidado, la maternidad y paternidad en los espacios de trabajo, la brecha salarial entre muchos otros. Todo aquello que ha perdurado oculto en las sombras de lo privado, ahora se le ilumina. El acoso viene en el paquete. La línea que lo separa del cortejo se le califica(ba) como borrosa y delgada. De ahí que la responsabilidad del acto se pretenda extender hasta la mujer: ¡Ella lo provoca, lo busca, lo desea. Es su culpa!

El mundo es más difícil para las mujeres porque nosotros los hombres nos hemos encargado de que así sea. No hay un respiro para ellas. Se les exige todo para concederles nada. Si guardan silencio, la condescendencia aparece. Si preguntan, la descalificación se hace presente. Si se atreven, el estigma las acompaña. Si lo logran, se les otorga el escepticismo. Si buscan más, resulta que no conocen la mesura. Si se les acosa, deben cargar con la culpa. Si denuncian, se les acusa de insensibles. Sino lo hacen, de busconas. No tienen salida.

El sistema (creado históricamente por varones) les ha fallado una y otra vez. Debido a esto, ellas han sido orilladas a buscar formas de hacerse escuchar. En este sentido, el #MeToo funge como el megáfono, la válvula de escape a la presión contenida por generaciones que permanecieron en silencio. El estruendo funciona. La voz siempre será mejor que el silencio. Sin embargo, siguen pendientes los entramados institucionales eficientes, humanos, empáticos, feministas que respondan a su legítimo llamado.

Las disonancias entre los distintos feminismos y las batallas políticas venideras al respecto tendrán que ser resueltas por ellas, por las mujeres. Para nosotros los hombres, será preciso serenarse y renunciar al protagonismo, nuestro apoyo tendrá que ser desde el acompañamiento en segundo plano, sosegado y reflexivo. Cada vez con mayor regularidad, será preciso acercarse al espejo, mirarse y reconocerse como reproductores de aquella estructura que nos aventaja a unos por encima de todas ellas. Habrá que hacerlo pronto si se desea romper con aquella transmisión de valores que al menos hoy se encuentran, por fortuna, en tela de juicio. Y tendrá que suceder tanto en lo público como en lo privado.

COLOFÓN. Utilizo estas últimas líneas para expresar mi solidaridad total con Dana Corres, activista, feminista, peatona, gestora, chingona y más. Esto derivado de las amenazas que vivió (¿vive?) por parte de hombres que se sienten incomodados por su voz concentrados en la cobarde cuenta #MeTooHombres.

 

 

Autor: Ruben R.

Leo y escribo. | Se rebasa por la izquierda | Son Jarocho | Me gustan las palabras con CH | Tuiter: @ruresem

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s